El templo
más visitado de la cristiandad no es ni la Basílica de San Pedro en el
Vaticano, ni ninguna de las imponentes catedrales europeas que han marcado la
historia de occidente. El primado corresponde a la Basílica de Nuestra Señora
de Guadalupe, con unos veinte millones de peregrinos anuales, más del doble de
visitantes que los santuarios marianos más conocidos.
La importancia de Guadalupe es
tal que quien desconoce la historia de este templo y su mensaje no puede
comprender la historia de México, e incluso del mismo continente americano.
¿Cómo es posible que haya sucedido algo así?
La historia comienza tras la
conquista de México en 1521 cuando, diez años después, la misma Virgen María se
apareció a uno de los primeros cristianos aztecas, el indígena Juan Diego, hoy
declarado santo.
Fue a inicios del mes de
diciembre de 1531 que Juan Diego escuchó por primera vez, en el cerro del
Tepeyac, una voz que le llamaba por su nombre mientras iba de camino.
Al llegar a la cumbre del cerro
vio a una Señora de una belleza sobrenatural, “vestida de sol”, quien le pidió
construir un templo para “mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y
defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en
mí confíen”.
Juan Diego fue a hablar con el
obispo, Juan de Zumárraga pero éste no le creyó. Tras numerosas y a veces
dramáticas dificultades que Juan Diego recibió, la Virgen se le volvió a
aparecer el 12 de diciembre para pedirle que subiera a la cumbre del cerro,
donde encontró un rosal en flor (más propio de Castilla que de México). Cortó
tantas rosas como pudo y las recogió en su tilma, el manto típico de los
indígenas, para llevárselas al obispo, a modo de prueba.
Al
reunirse con Zumárraga, Juan Diego abrió la tilma para mostrarle las flores.
Cuando las rosas cayeron al piso en la tilma estaba ya impresa la imagen de la
Virgen de Guadalupe que hoy se venera en la Basílica.
Convencido, el obispo llevó la
imagen a la Iglesia Mayor y construyó una ermita en el lugar que había señalado
Juan Diego, donde posteriormente se construiría la Basílica de Nuestra Señora
de Guadalupe, construida entre 1695 y 1709.
Tras las
apariciones de María, la evangelización de México, hasta ese momento muy
complicada para los misioneros europeos, cambió radicalmente. En el rostro de
María, impreso en la tilma, los mexicanos encontraron su identidad y consuelo
en medio de los sufrimientos de la conquista. Es la faz de una joven mestiza,
una anticipación, pues en aquel momento todavía no había mestizos de esa edad
en México.
María
mostraba así cómo asumía el dolor de miles de niños, los primeros de una nueva
raza, rechazados entonces tanto por los indios como por los conquistadores.
El manto azul de la Virgen,
salpicado de estrellas, es la “Tilma de Turquesa” con que se revestían los
grandes señores aztecas, e indica la nobleza y la importancia del portador.
Los rayos del sol circundan
totalmente a la Guadalupana como para indicar que ella es su aurora. Esta joven
doncella mexicana está embarazada de pocos meses, así lo indican el lazo negro
que ajusta su cintura, el ligero abultamiento debajo de éste y la intensidad de
los resplandores solares que aumenta a la altura del vientre.
Su pie está apoyado sobre una
luna negra, (símbolo del mal para los mexicanos) y el ángel que la sostiene con
gesto severo, lleva abiertas sus alas de águila. De este modo, en la simbología
indígena, la Virgen de Guadalupe se presentó ante sus hijos como la Madre del
Creador y conservador de todo el universo; que viene a su pueblo porque quiere
acogerlos a todos, indios y españoles, con un mismo amor de Madre.
En estos casi quinientos años de
historia los mexicanos han sentido como dirigidas a su corazón las palabras que
pronunció María de Guadalupe a Juan Diego: “¿No estoy aquí yo, que soy tu
Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu
alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto, en donde se cruzan mis brazos?
¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?”.
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