Frase

Conoce el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, en México.


Cada año millones de personas acuden a rezar a María, la Madre "que nos lleva en su regazo", Ella también nos dice hoy: "No se perturbe tu corazón, no temas".

martes, 13 de diciembre de 2016

- El Papa nos actualiza la Virgen de Guadalupe

El Papa Francisco pronunció una bella homilía en el día en el que la Iglesia celebra a la Virgen de Guadalupe, Emperatriz de América y Patrona de México.
A continuación el texto completo de la homilía del Santo Padre en la Basílica de San Pedro hoy 12 Diciembre en el Vaticano:
            «Feliz de ti porque has creído» (Lc 1,45) con estas palabras Isabel ungió la presencia de María en su casa. Palabras que nacen de su vientre, de sus entrañas; palabras que logran hacer eco de todo lo que experimentó con la visita a su prima: «Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti porque has creído».
Dios nos visita en las entrañas de una mujer, movilizando las entrañas de otra mujer con un canto de bendición y alabanza, con un canto de alegría. La escena evangélica lleva consigo todo el dinamismo de la visita de Dios: cuando Dios sale a nuestro encuentro moviliza nuestras entrañas, pone en movimiento lo que somos hasta transformar toda nuestra vida en alabanza y bendición.
Cuando Dios nos visita nos deja inquietos, con la sana inquietud de aquellos que se sienten invitados a anunciar que Él vive y está en medio de su pueblo. Así lo vemos en María, la primera discípula y misionera, la nueva Arca de la Alianza quien, lejos de permanecer en un lugar reservado en nuestros templos, sale a visitar y acompaña con su presencia la gestación de Juan. Así lo hizo también en 1531: corrió al Tepeyac para servir y acompañar a ese Pueblo que estaba gestándose con dolor, convirtiéndose en su Madre y la de todos nuestros pueblos.
Con Isabel también nosotros hoy en su día queremos ungirla y saludarla diciendo: «Feliz de ti María porque has creído» y sigues creyendo «que se cumplirá todo lo que te fue anunciado de parte del Señor» (v. 45). María es así como el icono del discípulo, de la mujer creyente y orante que sabe acompañar y alentar nuestra fe y nuestra esperanza en las distintas etapas que nos toca atravesar.
En María tenemos el fiel reflejo «no (de) una fe poéticamente edulcorada, sino (de) una fe recia sobre todo en una época en la que se quiebran los dulces encantos de las cosas y las contradicciones entran en conflicto por doquier».
Ciertamente tendremos que aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre; aprender de esa fe que sabe meterse dentro de la historia para ser sal y luz en nuestras vidas y en la sociedad.
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Qué duro es ver cómo hemos normalizado la exclusión de nuestros ancianos obligándolos a vivir en la soledad, simplemente porque no generan productividad; o ver –como bien supieron decir los obispos en Aparecida–, «la situación precaria que afecta la dignidad de muchas mujeres. Algunas, desde niñas y adolescentes, son sometidas a múltiples formas de violencia dentro y fuera de casa».
Son situaciones que nos pueden paralizar, que pueden poner en duda nuestra fe y especialmente nuestra esperanza, nuestra manera de mirar y encarar el futuro.
Frente a todas estas situaciones, así y todo, tenemos que decir con Isabel: «Feliz de ti por haber creído», y aprender de esa fe recia y servicial que ha caracterizado y caracteriza a nuestra Madre.
Celebrar a María es, en primer lugar, hacer memoria de la madre, hacer memoria de que no somos ni seremos nunca un pueblo huérfano. ¡Tenemos Madre! Y donde está la madre hay siempre presencia y sabor a hogar. Donde está la madre, los hermanos se podrán pelear pero siempre triunfará el sentido de unidad. Donde está la madre, no faltará la lucha a favor de la fraternidad.
Siempre me ha impresionado ver, en distintos pueblos de América Latina, esas madres luchadoras que, a menudo ellas solas, logran sacar adelante a sus hijos. Así es María con nosotros, somos sus hijos: Mujer luchadora frente a la sociedad de la desconfianza y de la ceguera, frente a la sociedad de la desidia y la dispersión; Mujer que lucha para potenciar la alegría del Evangelio. Lucha para darle «carne» al Evangelio.
Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que logran «hacer carne» su Palabra, que buscan encarnar la vida de Dios en sus entrañas, volviéndose signos vivos de su misericordia.
Celebrar la memoria de María es afirmar contra todo pronóstico que «en el corazón y en la vida de nuestros pueblos late un fuerte sentido de esperanza, no obstante las condiciones de vida que parecen ofuscar toda esperanza». María, porque creyó, amó; porque es sierva del Señor y sierva de sus hermanos.
Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos.
Contemplarla es sentir la fuerte invitación a imitar su fe. Su presencia nos lleva a la reconciliación, dándonos fuerza para generar lazos en nuestra bendita tierra latinoamericana, diciéndole «sí» a la vida y «no» a todo tipo de indiferencia, de exclusión, de descarte de pueblos o personas.
No tengamos miedo de salir a mirar a los demás con su misma mirada. Una mirada que nos hace hermanos. Lo hacemos porque, al igual que Juan Diego, sabemos que aquí está nuestra madre, sabemos que estamos bajo su sombra y su resguardo, que es la fuente de nuestra alegría, que estamos en el cruce de sus brazos.
Danos la paz y el trigo, Señora y niña nuestra, una patria que sume hogar, templo y escuela, un pan que alcance a todos y una fe que se encienda por tus manos unidas y por tus ojos de estrella. Amén.



viernes, 9 de diciembre de 2016

- Guadalupe, Ventana al Cielo

La tilma de san Juan Diego es la Ventana al Cielo, pues en ella está plasmada la prodigiosa imagen de la bellísima Santa María de Guadalupe. Y en ella observamos como la Virgen de Guadalupe está rodeada del cosmos, las estrellas, la luna, el sol, la tierra, las nubes, un ángel con alas de águila y los colores de las cuatro dimensiones y direcciones del universo.
  Quien ve la imagen de la Virgen de Guadalupe plasmada en la humilde tilma de san Juan Diego se encontrará con el retrato de una doncella de Nazaret que está “encinta”, embarazada; por lo tanto, en el centro de su imagen está Él, Jesucristo nuestro Señor, es la Encarnación del Verbo y, al mismo tiempo, en la fiesta de Panquetzaliztli, fiesta que fue descrita por el misionero del siglo XVI, como la “Pascua principal” indígena. Ahora se comprenderá, cómo de manera completa y perfecta la Virgen de Guadalupe es la primera misionera del amor misericordioso de Dios, pues Jesucristo se ofrece, por medio de ella, como la Pascua Florida, Jesucristo, aquel que ha vencido a las tinieblas y ha vencido a la muerte.
  Esto es una proclamación maravillosa de lo que la Virgen María expresa en el Evangelio: “Hagan lo que Él les diga”, y obviamente nos lleva al centro de todo altar lo verdadero, la Eucaristía. Ella es mujer eucarística, que nos dirige a Él: único y eterno sacrificio. Él que es sacerdote, víctima y altar.
  Con razón es la Virgen de Guadalupe es la primera misionera maravillosa del Amor Misericordioso de Dios, especialmente cuando ella le dijo “sí” a la voluntad de Dios, “sí” al amor, “sí” a la maternidad, “sí” a la misericordia divina. Por eso, Ella nos enseña a decirle “sí” al Señor, especialmente con la vida misma. Y más ahora que tanto necesita el ser humano, que está muy desconcertado, que está muerto de miedo por las diferencias, por las envidias, por los celos, por el egoísmo, por la soberbia, y que varios hermanos nuestros parece que todavía no entienden que es sólo en la abrazo de aceptación del otro como hermano que encontraremos nuestra razón de ser y existir.
  En este mes de diciembre, el día 12, se cumplen 485 años de que Dios le mostró a todo ser humano, de una manera muy especial, su amor; se cumplirán 485 años de la irrupción de Dios en este mundo y en esta historia, por medio de Santa María de Guadalupe, quien lleva a Jesús en su inmaculado vientre.


miércoles, 26 de octubre de 2016

- Maria en Guadalupe evangeliza

Los indígenas creían que había que ofrecer corazones y sangre a los “dioses” para que el universo pudiera continuar con vida, pero Santa María de Guadalupe les enseña que no son ni su sangre, ni sus corazones lo que sustenta a esos ídolos, sino que es su Hijo, quien se entrega en la cruz en un verdadero sacrificio pleno y total, sólo por amor; que es su Hijo amado, Jesucristo, el único y eterno sacrificio que nos alimenta con su sangre, su corazón y su carne. Esto es la Eucaristía. Ella es la mujer Eucarística, Tabernáculo Inmaculado donde está Jesús, el Amor. Dios se entrega de una manera muy especial en la Eucaristía, sacramento central de esta “casita sagrada”, de este templo.
 María quería su “casita sagrada” en ese lugar del Tepeyac, pero “en el llano del Tepeyac”, que de alguna manera significa la “raíz” del cerro, es decir, en lo que para los indígenas era lo que estaba bien sustentado, lo verdadero, lo perenne, lo que estaba bien fundamentado. Además, el hecho de pedirlo “en el llano” también significaba la apertura universal y así facilitar el encuentro con todo ser humano.
 Como todo Acontecimiento Salvífico, el Guadalupano, si bien se verifica en un momento histórico, del 9 al 12 de diciembre de 1531, y en un lugar determinado: en el cerro del Tepeyac; trasciende fronteras, culturas, pueblos, costumbres, etc.; llega hasta lo más profundo de todo ser humano; además, toma en cuenta la participación precisamente de este ser humano, concreto e histórico, con sus defectos y virtudes, para que con su intervención fuera más allá de lo que la humana naturaleza permitiría.
 Una de las más claras manifestaciones de que en realidad se trata de un Acontecimiento Salvífico es la conversión del corazón, es el mover, en un verdadero arrepentimiento, al ser humano desde lo más profundo de ese corazón, del alma, del espíritu y de la razón, como fruto de este encuentro con Dios, quien siempre toma la iniciativa, haciendo realidad una vida plena y total, dándole todo su sentido al amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo.
 La Virgen de Guadalupe nos conduce siempre a Él, a su Hijo Jesucristo, Ella es la “Estrella de la primera y de la nueva evangelización” haciendo de nosotros una verdadera familia, preocupándonos y ocupándonos los unos de los otros como verdaderos hermanos. Por ello, en la V Conferencia del Episcopado Latino Americano y del Caribe, en Aparecida, Brasil, los obispos afirmaron: “María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos, ha estado muy cerca de nosotros, nos ha acogido, ha cuidado nuestras per­sonas y trabajos, cobijándonos, como a Juan Diego y a nuestros pueblos, en el pliegue de su manto, bajo su maternal protección. Le hemos pedido, como Madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga (Jn 2, 5).”
 Lo que tanto desea Ella es una “casita sagrada”, un templo, familia de Dios, en cuyo centro está Jesucristo-Eucaristía. La humilde sierva de Dios le pide a san Juan Diego que vaya ante el obispo para que apruebe la edificación de esta “casita sagrada”. La Madre del Dueño del cielo y de la tierra se somete a la aprobación del obispo de la Iglesia instituida por su Hijo, su Amor-Persona, Jesús.
 Por medio de Santa María de Guadalupe, Jesucristo es quien purifica todo y les da la plenitud en Él, el Hijo de Dios verdadero, Él, que es la respuesta de lo que tanto anhelaban los indígenas y de todos los seres humanos de todos los tiempos; presentándose como el Camino, la Verdad y la Vida, el máximo y pleno Sacrificio en la cruz, en su muerte y en su Resurrección. Él es la verdadera Pascua Florida, que tiene como lugar la “casita sagrada”. Jesús es le verdadero Templo que la Virgen de Guadalupe tanto deseaba y que podemos ubicarlo, trascendentalmente, en lo más profundo de nuestro corazón, en lo sagrado de la vida de todo ser humano, Templo del Espíritu Santo.
 El Santuario de Guadalupe es un lugar histórico, pero que se vuelve tierra santa con la presencia de la Madre de Dios quien con su fiat, Dios se encarna y habita en medio de nosotros; un lugar bendito, meta de tantas peregrinaciones y tantos corazones y, al mismo tiempo, lugar de arranque para proclamar al mundo entero la verdadera misericordia, como Ella dice: “Él, que es mi mirada misericordiosa”. Un templo que nos lleva a edificar el templo del Espíritu Santo que late dentro de nosotros.

martes, 25 de octubre de 2016

- La Virgen en Guadalupe, un modelo de inculturación

SANTA MARÍA DE GUADALUPE ES LA INCULTURACIÓN DEL AMOR Y LA MISERICORDIA DE DIOS
La Evangelización de la Iglesia es un proceso de construcción, de consolidación y de fortalecimiento de las diversas culturas y sus valores.
Y esta inculturación, esta maravillosa adaptación del Evangelio, ocurrió cuando menos podía esperarse y más se necesitaba, cuando nuestra patria mestiza se debatía en atroces dolores de un parto que amenazaba culminar en aborto, como aconteció en otras partes, donde la población indígena quedó exterminada, pues no se veía posibilidad alguna de acuerdo entre pueblos tan diversos; cuando indios y españoles se veían con miedo, recelo y rencor, deformada su perspectiva por una total incomprensión mutua, ya que las culturas de ambos eran humanamente incompatibles.
Los españoles estaban convencidos que se enfrentaban con Satanás en persona, de modo que toda tolerancia equivaldría a una clara traición a Dios, y los indios estaban convencidos que su ineludible deber era ser fieles a su raíz, a lo que siempre habían sido.
Pero, Dios, a través de su Madre Santísima, supo resolver ese insoluble problema, sin desautorizar a los misioneros, sin reprobar los valores indios, sin cambiar a ninguno de los protagonistas ni a sus conflictivas circunstancias.
La Virgen de Guadalupe, Madre del verdaderísimo Dios por quien se vive, supo confirmar la predicación de sus enviados inculturando su mensaje centralizado en Jesucristo que se encarna: Él es la víctima, sacerdote y altar, es el único y eterno sacrificio, es la Eucaristía, es la Pascua florida, es Dios verdadero y Hombre verdadero, quien da su vida para que nosotros tengamos vida en abundancia, Él es la Resurrección y la vida. Ella está aquí en esta su “casita sagrada” para entregarles al Dios verdadero, por quien se vive, a Aquel que es nuestra paz.
Y con esto no sólo Ella obtuvo la conversión entusiasta, masiva e instantánea de los indígenas, sino también de los mismos españoles; y logró que naciera este pueblo nuevo, hijo y heredero de ambos: el pueblo mestizo que somos hoy: México; y actualmente se siguen integrando otras tantas razas, culturas, lenguas, tradiciones, etc. bajo la unidad del amor.
Santa María de Guadalupe es la mujer que nos quita todo miedo y temor, no sólo ante la muerte sino ante la misma vida. Nuestra Madre nos ayuda a enfrentar todo, como Ella misma lo hizo llena del amor misericordioso de Dios. Es verdad, todos estamos tomados de su mano maternal, estamos en el hueco de su manto lleno de estrellas y en el cruce de sus brazos,
Ella nos conduce con seguridad y alegría hacia su Hijo, para ser alimentados de la misma carne y sangre de Jesús: la Eucaristía y es aquí en donde se nos enseña a ser hermanos y construir y formar juntos esta civilización del amor.
Dr. Eduardo Chávez Sánchez, Basílica de Guadalupe, 2016


sábado, 18 de junio de 2016

- Aquí estamos, dejándonos ver por Maria

El Cardenal Robles Ortega, Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, expresó que la Visita Pastoral del Papa Francisco a México fue como un peregrino de misericordia y paz. Recordó que el silencio es uno de los signos que destacó el Santo Padre para fomentar la relación con Dios Padre y con la Santísima Virgen. Si estamos en silencio en la presencia de María, escucharemos qué quiere y qué espera de nosotros, sus hijos. Ella como Madre, intuye el corazón de sus hijos y sabe de sus angustias y preocupaciones, pero, “hay que darle espacio para que nos hable”, afirmó.
El Cardenal se refirió a otra enseñanza del Papa Francisco, durante su estancia en esta Casita Sagrada: “Dejarnos mirar por María”. Cuando nos dejemos mirar por Ella, señaló, experimentaremos cuán tierno y grande es su amor de Madre amorosa y misericordiosa, y la consecuencia será que miremos a los demás con los ojos de la Virgen, es decir, con amor, ternura, misericordia y así sabremos perdonar, consolar, compartir, aliviar las necesidades de los demás; aprenderemos a reconciliarnos para vivir siempre en paz, buscando el bien y el progreso de todos porque somos hermanos, familia de Dios en Cristo Jesús.
Destacó que el silencio de la oración y dejar que María nos mire y mirar a los demás con sus ojos, produce en nuestra Iglesia, en nuestra sociedad y en México, “un ámbito -el Papa lo llama un regazo- que necesitamos para sentirnos en paz, seguros y aliviados”. En ese sentido exhortó a las diócesis de la Iglesia de México, y en especial a la de Guadalajara, a que a través de sus parroquias “sean un regazo donde quepan todos, con la misma libertad, la misma satisfacción de saberse amados por Dios Padre y por la Santísima Virgen de Guadalupe”.

*La Arquidiócesis de Puebla realizó su 129 Peregrinación a la Basílica de Santa María de Guadalupe, donde el Obispo, Mons. Víctor Sánchez expresó que con el corazón rebosante de emoción, peregrinamos a la Casita del Tepeyac, para encontrarse con la Madre del Amor, y escuchar como el indio San Juan Diego, palabras de consuelo, fortaleza, compromiso y esperanza en pleno Año de la Misericordia. Recordó que la visita del Papa Francisco a este Recinto Sagrado fue de misionero de misericordia, paz y para confirmar la fe, alentar la esperanza e impulsar la caridad de modo que seamos “misericordiosos como el Padre”. Comentó que el Santo Padre, hizo notar que la Virgen es la mujer del sí, “un sí de entrega a Dios y un sí de entrega a sus hermanos”.
Agregó que en el siglo XVI la Virgen se encaminó presurosa al Tepeyac en la gestación de esta bendita tierra mexicana, y de esa misma manera se hizo presente al pequeño Juanito y a todos nosotros hoy especialmente a los que se sienten que no valen nada.
Expresó que el Papa nos dijo que somos enviados a construir nuevos santuarios, acompañar tantas vidas de la comunidad; sus palabras nos iluminan y animan a confiar en Dios y en Santa María para levantar la vida de Puebla, México y el mundo entero.
Destacó que éste es el espíritu que ha animado a las Asambleas Diocesanas de Pastoral y de Sínodo Diocesano, cuyas conclusiones y propósitos depositó en las manos maternales de la Guadalupana para que los presente a su Hijo Nuestro Señor Jesucristo.

*La enseñanza de “dejarse ver por María”, como lo hiciera el Papa Francisco en su pasada visita, a la luz de su mensaje consolador a San Juan Diego: “Es nada lo que te asusta y aflige, ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?”, fue la reflexión de los peregrinos que arribaron desde Durango en su peregrinación anual.
El Obispo Mons. Juan María Huerta, señaló que al venir aquí al santuario, están dejándose ver por María, como el Papa Francisco que pidió un espacio para simplemente estar frente a la Imagen bendita de Santa María de Guadalupe. Y cuando se le preguntó cómo hace oración, sólo contestó: “Yo me dejo ver”.
Explicó que el hecho de que Dios nos esté viendo, que María nos esté viendo, es un privilegio grandísimo. En este sentido dijo que los discípulos de Emaús tenían los ojos velados, porque no logran descubrir el significado de lo que sucedió en Jerusalén, en la muerte del Mesías. Pero una vez que se dejan llevar por el peregrino –que era Jesús--camino a Emaús, van intuyendo en su corazón la Palabra, dejan ver sus sentimientos a Jesús y Jesús hacia ellos, y una vez que lo sientan a la mesa, se les abren los ojos cuando parte el pan.

Exhortó a dejarse ver por María y permitir el reclamo amoroso: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”, porque esas palabras conmovedoras están ubicadas en un contexto de dolor, cuando Juan Diego “le saca la vuelta” a la Virgen y le dice que su tío se está muriendo. Y así como entonces, aquí también podemos dejar que escuche nuestro corazón y diga una vez más: “Es poco lo que te aflige, ¿no estoy yo aquí que soy tu madre?”. Enseguida Mons. Huerta invitó a la asamblea a guardar silencio para dejar salir los sentimientos propios y es­cuchar las palabras de María.

martes, 24 de mayo de 2016

- Ella nos mira y nos habla al corazón

El Obispo mexicano comentó el evangelio de la Visitación de Maria a su prima Isabel indicando que ello nos lleva a contemplar el “encuentro maternal de Santa María de Guadalupe con el indio Juan Diego y con las culturas precolombinas, al inicio de la gestación de los nuevos pueblos en México y en el continente Americano”. En este encuentro “Dios despertó la esperanza de Juan Diego, la esperanza de un Pueblo”.
Y exhortó a dejarse asombrar una vez más por las palabras de Santa María de Guadalupe: “no estamos solos, con nosotros está la Madre de Dios Altísimo…Tanta ha sido la misericordia del Padre que nos acerca a Él, en María, la Madre de su Hijo” y aquí en la Basílica de Guadalupe esto “se percibe, se vive y se comparte”.
 Añadió que el Papa Francisco nos pide que a Ella la contemplemos serenamente, que le miremos a los ojos, y que escuchemos lo que Ella nos dice una y otras vez: “¿Qué hay hijo mío?, ¿Qué entristece tu corazón? ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra, bajo mi amparo?”…
Y recordó las palabras de la Virgen que dirige a cada uno: “Porque yo soy la madre compasiva de todos los que a mi clamen, los que me busquen, los que me honren confiando en mi intercesión”
Agregó que llegaron todos para reconocerla, sentirla y volverla a llamar como ella misma se ha mostrado: “La Madre del Verdadero Dios por quien se vive”, la Madre nuestra a quien con este cariño y amor nosotros también la veneramos. Y le pidió que se siga mostrando como verdadera madre, que siga derramando todo su amor y compasión: “nosotros sabemos que la necesitamos, que vivimos momentos difíciles y sólo una palabra venida de Ella nos ayudará a mitigar el dolor y nos dará más confianza y esperanza para seguir adelante. Nunca nos ha dejado de su mano, nunca nos dejará…”

Oró el Obispo a Santa María de Guadalupe para que “en nuestros corazones abunde el calor de la fraternidad, del perdón y de la reconciliación, para superar toda confrontación que lleve a la descalificación, a la ofensa, al rencor y a la venganza”. También pidió auxilio a la Virgen para que nos ayude a hacer de cada hogar una escuela de aprendizaje en el perdón y la reconciliación, y donde se viva la paz y el afecto… que aprendamos a convivir en el respeto mutuo y en encuentro propositivo”

miércoles, 2 de marzo de 2016

- Guadalupe, principio de una nueva civilización

..."Desde que la Virgen de Guadalupe visitó por primera vez nuestros pueblos hace tanto tiempo, nuestra Santa Madre vino como la Madre de la Misericordia y nos trajo el don de la fe, el don de Jesús, el don de conocer la cercanía de Dios y su deseo de compartir nuestra humanidad.
El Papa dijo que la visita de la Virgen de Guadalupe fue el principio de una nueva civilización en las tierras de América; de una nueva civilización cristiana, nacida del encuentro entre las culturas española e indígena.
Y mientras hablaba de los sufrimientos de las personas del continente americano, el Papa Francisco llamó a los asistentes -y nos llamó también a todos nosotros- a usar nuestros dones para continuar la misión de Nuestra Señora de Guadalupe.
La Virgen le dio a San Juan Diego la misión de construir un “santuario para Dios”. Esa es nuestra misión también. Y es una misión continental. Estamos llamados a hacer de nuestro país y de todos los países del continente americano, un “santuario para Dios”.
Construimos este “santuario” a través de nuestras obras de misericordia y de nuestros actos de amor. Lo construimos al caminar junto con nuestros hermanos y hermanas, llevando la luz del amor de Dios, de forma que resplandezca en nuestros hogares y vecindarios, en nuestras parroquias y escuelas, en pocas palabras, en todos los ámbitos de nuestra sociedad y de nuestra cultura.
De modo que pensemos más acerca de cómo podemos ir en busca de los que se sienten solos y de los heridos, de los hambrientos y de los que no tienen un techo. Vayamos en busca de los que están olvidados y despreciados por nuestra sociedad: del prisionero del refugiado y del inmigrante.
Y sigamos orando unos por otros. Oremos de este modo: Que nuestra Madre, la Virgen de Guadalupe, abra nuestros corazones al amor de Dios y nos ayude a amar como Jesús ama y a ser misericordiosos con los demás como Él es misericordioso con nosotros.
 Mons. José H. Gómez, Arzobispo de Los Angeles, USA